Alguien que marcó la historia dijo: "quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra"
Bueno, yo no estoy libre de pecado, pero esto no es una piedra. Es simplemente la realidad... nosotros, los padres hacemos de nuestros hijos una bendición o una carga.
Hace pocos días me ocurrió algo curioso como docente que me hizo reflexionar como madre. Se acercó un padre de familia a realizar una solicitud. Hasta ahí, como dicen los muchachos de hoy, todo bien. Yo dije: "sí, claro, en qué le puedo colaborar.." y entonces: ¡plop! como Condorito. La solicitud requería de un decisión simple, un cambio sencillo, insignificante en la cotidianidad del aula de clase, pero marcaría una tendencia macabra en la vida de ese estudiante... una situación de niños que los padres solicitaron dirimir... ay Señor! nosotros, los padres... ¿cuando aprenderemos a enseñar a nuestros hijos a solucionar sus propios problemas? ¿cuándo soltaremos la rienda? ¿seguiremos abogando por ellos hasta en las más minúsculas situaciones? ¿seguiremos, rebajándonos al nivel de infantes, peleando peleas infantiles?
Si, nosotros, los padres; somos los culpables de las características de la juventud que tanto criticamos, de su grosería, de su mentirosa independencia (mentirosa porque solo es rebeldía e irrespeto a la autoridad, pues en todo y para todo dependen de nosotros y nosotros acolitamos su dependencia), de su altanería, de su inexistente noción de autoridad. Desde bebés, cuando les compramos un chupón, sólo para no oirlos llorar, para no prestarles atención, desde párvulos, cuando compramos dulces y juguetes para calmar la pataleta y no pasar vergüenzas en los almacenes. Desde niños, cuando preferimos hacerles las tareas y recogerles los regueros que pelear con ellos para ellos mismos lo hagan. En la adolescencia, cuando su rebeldía crece tanto como su cuerpo y se alborota al igual que sus hormonas y bajo el sofisma "del mejor amigo" caemos en la total sinvergüencería, fachada del miedo de perder su amor, y cedemos a todo, respaldamos lo inaprobable, accedemos a lo inpensable. Y nos quejamos. Yo lo hago. Me incluyo.
En verdad, este oficio de docente exige estar "al día" pero no en tendencias pedagógicas (bueno, tal vez sí, pero hacia allá no va el escrito) sino a la lectura de la vida, de la realidad, de la actualidad, de la sociedad, de la familia de hoy. Leer el día a día es la única manera de sobrevivir a situaciones como esta... porque cada vez que la recuerdo pienso en las veces en que mi mamá fue a solicitar algo similar para mí en el colegio.
PIenso.
Pienso.
Vuelvo a pensar.
Un número aparece. Cero. 0
¿Será que mi madre, fue, como dicen los niños de hoy, una "mala" madre o simplemente, me obligó a ser y a crecer?
No sé. Sólo sé que hoy no llamo a mi "mami" a que me solucione mis problemas.
Hasta la próxima!